Conocí a Sara en Hampi, uno de mis lugares favoritos en India. Estaba terminando otro de mis viajes e iba camino de la Fundación Vicente Ferrer. Como no, en Hampi nos íbamos a encontrar con unos compañeros inseparables de viajes por el mundo, Sara llegó con ellos.
Al saludarla algo en su forma de hablar me llamó la atención, pero no lograba adivinar la procedencia del acento, cosa que me gusta hacer. Tardé unos cuantos minutos, entre saludos varios, en percibir que ese acento no tenía nacionalidad, sino señal de nacimiento: cuando mis amigos empezaron a hacer gestos con las manos, me di cuenta de que Sara era sorda.






